¿Cómo es vivir en una favela en Brasil?

Yo siempre dije que de niña me hubiera gustado vivir en un barrio, esos en donde las casitas están pegadas y están todos los niños en la calle jugando al fútbol, a la rayuela o a lo que sea. En donde vas a la casa de al lado y le pedís sal a la vecina cuando no tenés más. En donde la mamá llama a los gritos ” a comeer” y escucha todo el barrio. En donde a la esquina está el almacén de toda la vida y te salva las papas cuando te olvidaste de comprar algo para la cena.

Bueno, las vueltas del viaje, y la vida,  me encontraron viviendo dos meses en una favela y para mi fue tener un poco eso. Sentirme un ratito en casa, sentirme en una vecindad. No por nada nos quedamos tanto tiempo en el mismo lugar.

Por muchas recomendaciones de amigos viajeros, llegamos a la Ilhinha, la favela del centro de São Luis de Maranhão. Los primeros días nos quedamos en la casa “de los Argentinos”, que, sin conocernos, nos abrieron las puertas de su gran casa y nos enseñaron cómo funcionaba todo en el barrio. El mundo viajero es chico, y de a poco nos fuimos encontrando con chicos, ahora nuestros “vecinos”, que ya nos habíamos cruzado en algún punto del mapa, o teníamos amigos en común.  Como dirían en Venezuela, somos todos panas.

vivir en una favela como extranjera

En las calles de mi barrio .. la cuarta pared turquesa de lado izquierdo era la entrada donde al final del pasillo estaba nuestro kitnet.

En la misma favela y en la misma calle, había 3 o 4 casas con viajeros (y malabaristas) argentinos, chilenos, colombianos y ecuatorianos. Nosotros no tardamos en alquilar nuestra pequeña kitnet (mono ambiente), primero por 15 días, después lo estiramos a un mes y finalmente fueron casi dos. Por supuesto que era un lugar sin amueblar, pero como esta vida es tan simple no se necesita mucho más, o así lo sentía en ese momento. Teníamos un techo, baño, y nuestro pequeño lugar para estar cómodos y dejar en descanso las mochilas.

Nuestro kitnet, es el último de los tres que se encuentran en un pasillo descubierto. No llega mucha luz, siempre tenemos la ventana y la puerta abierta. Tengo una sola vecina, ya que la kitinet del medio está desocupada, y de a poco se ha creado una guerra entre nosotras. Ella es un poco descuidada y yo, muy maniática: me enferma que desperdicie tanto el agua. Y les cuento una cosa, aquí en la Ilhinha, el agua no sobra. O, mejor dicho, falta. Día por medio se corta el suministro de agua, motivo por el cual siempre tengo un balde grande cargado por si llegase a faltar.

Al final del pasillo, y frente a la puerta de entrada a mi casa, esta la pileta para lavar. A ella, mi vecina, no puedo verla mientras lava la ropa porque derrocha más agua de la que usa, ni tampoco puedo entender que deje prendida la bomba de agua hasta que el tanque rebalse por horas (y de paso me moja toda la ropa que tengo colgada en la soga). Así es nuestra batalla tácita: apenas escucho que comienza a rebalsar el tanque, voy y apago la bomba. A los minutos, ella la vuelve a encender. Y yo la vuelvo a pagar.

Mi otro problema es que vive gritando, a toda hora y en todo momento, grita. El domingo, único día que no madrugo, es imposible dormir hasta tarde. La siesta también es difícil, la música está al mango y la mujer reta a los gritos a los hijes.

experiencias de una extranjera en favelas

El domingo que decoramos la favela con motivo del São João…

Nuestra rutina, pequeña dosis de cotidianidad necesaria, en esta ciudad se organizó de inmediato. Nos gusta trabajar de mañana, donde el sol y el calor todavía no es tan fuerte como de tarde. A las 6 am, ya hay luz, y suena nuestro despertador. Nos levantamos, pasamos por el mercadito de la esquina y compramos unas bananas. Muchas veces la señora me regala lo que ya no va a vender, pero que nosotros reciclamos: le cortamos la parte fea y ya está. Caminamos unas cuadras hasta la parada de buses a esperar nuestro transporte.  Derechito hasta terminal Cohama donde tenemos nuestro semáforo preferido: ahí nos va bien y sabemos que los otros chicos casi no lo ocupan porque esta en bajada. De vez en cuando cambiamos de semáforo para no “quemarlo” y vamos a otra zonas de la ciudad: cohabi, number one, el de la estatua, el de cerca de casa.

Si llegamos a las 8 am al semáforo, trabajamos hasta las 10.30- 11 hs cuando el sol ya comienza a ponerse insoportable. Con el correr de los días muchos conductores ya nos conocen, pero siguen igual de simpáticos que el primer día.

Después, camino a casa, si tenemos hambre vamos directo al comedor popular por el almuerzo a 2 reales (que delicia, cuanto extraño comer feijao todos los días) y sino, volvemos a bañarnos y a saludar a los chicos. Luego, en patota vamos todos caminando al popular. A veces coincidimos todos los viajeros a la misma hora y ocupamos la mitad de las grandes mesas.

El postre, infaltable: sentarse afuera de lo de la tía que vende sucón a 1 real y helados con tres bochas a 2. A mi un sucón de biscoito, por favor.

favela la ilinha mochileros

La playa con sus grandes y modernos edificios se erigen a tan sólo dos cuadras, de una favela con falta de suministro de agua y con inundaciones graves en cada temporada de lluvia…

Las tardes siempre varían: o se pasan las horas en la casa de los chicos hablando y haciendo boludeces, o  duermo una siestita o aprovecho para ir al ciber a escribir en la página y bajar películas. En algún momento, se abrió el cine-noche e incursionamos en cine de terror, comedia, bizarro, malo.

Si nos dan ganas hacemos un turno tarde-noche y vamos a trabajar por ahí cerquita. Aprovecho y hago swing con mis cadenas de fuego. Otras,  vamos hasta la canchita a entrenar o a caminar por la playa. O, simplemente, nos quedamos en la vereda de la casa tomando aire, conversando y jugando con algunos de todos los perritos viajeros.

Caminando por las calles de la favela hasta la panadería, hasta el mercado o hasta la pizzería a 10 reales, la gente te saluda o te grita “eh gringo”. Es que claro, si en Brasil todos los extranjeros somos gringos, en la favela nosotros somos LOS gringos. Todos nos conocen de esa forma y así nos llaman.

A la noche vamos hasta lo de Rosa, la tía de las coxinhas.  Estas son tipo unos buñelos de masa de mandioca rellenos de pollo ( y otros gustos) fritos. Típica comida al paso brasilera, y en la favela las venden por 1 real, cómo decirte que no cuando estas a 20 metros de la puerta de mi casa. 

Pongo la silla afuera, en la calle, y me siento. Por lo general siempre hay alguno de la tropa malabarista, así que conversamos mientras comemos las mejores coxinhas de la favela. A veces, acompañado de un juguito natural de maracuyá y otras, Rosa siempre nos tiene lista la botella de agua helada. Si no tenemos plata no hay problema, Rosa te fía y a memoria sabe cuánto le debes.

como es vivir en una favela para un extranjero

Las callecitas de una favela que se van entrecruzando a gusto, formando callejones sin salida y para una despistada como yo, con altas probabilidades de perderse todo el tiempo jaja

Los fin de semanas como no hay comedor, hacemos comida comunitaria en la casa de los chicos. Por los mismos 2 reales por persona, compramos muchas verduras, arroz, feijao y cocinamos en la cocina a leña. Es raro que seamos menos de 10 personas, así que las ollas son grandes y generosas. Entre cervezas se va pasando el día, cocinando, haciendo sobremesa (o sobresuelo), charlando, haciendo malabares en el medio de la casa.

Una vez al mes, los chicos que viven hace más tiempo ahí, organizan una varieté gratis en la calle para la favela. Un show de circo, teatro y malabares. Cuando estuvimos nosotros, participamos del São João (también llamadas fiestas juninas, típicas del nordeste Brasilero) que se organizó. Hubo mucha dedicación pensando cómo teatralizar la historia, elaborando los juegos para los niños y la decoración. Ale con su número de la pirámide fue el hechicero y yo participé haciendo swing con las cadenas de fuego en el momento de quemar al burro. Fue un día super lindo y no sólo los chicos participaron, también mamás y otros adultos.

vivir são João en favela de sao luis como exranjera

Más juegos en nuestro arraial de São João ..

El domingo llega y te das cuenta porque desde temprano la gente esta en las calles. Familias sentadas con la mesa de plástico afuera, mujeres haciéndose las uñas en una esquina, los niños corriendo y espantando a los gatos que callejean en busca de comida, la música por todos lados.

En la favela me siento segura. Siento que nada me puede pasar.

Durante 15 días abrimos la casa con una tijera porque se nos había roto la llave quedándose la mitad en la cerradura. Cuando pudimos sacar esa mitad y hasta que hicimos copia de la llave rota, dejamos por unos días la puerta entornada ya que si la cerrábamos nos quedábamos afuera.

Caminaba con mi celular y transportaba mi computadora con normalidad. Los chicos dejaban sus bicis afuera de la casa sin problema alguno.

No mencioné que éramos los únicos viajeros, de 30, que no viajamos en bicicleta. Algunos de los chicos llevaban más de 3000 km pedaleando. También éramos de los pocos que no teníamos mascotas.

No tardarían en llegar los comentarios de otros vecinos de la ciudad señalando que estábamos en una favela “peligrosa”. Pero, yo, ahí me sentía más segura que a 5 cuadras, en plena avenida de la ciudad.

Los niños jugando, las señoras sentadas allá atrás observando y yo coordinando el juego .. Memorias de un São João en São Luis..

Vivir acá por dos meses fue toda una experiencia. A veces creo que las favelas han sido demasiado estigmatizadas y criminalizadas, cuando, en realidad son los barrios más humildes y trabajadores de una ciudad. No todo es peligro y delincuencia. No todas las favelas son iguales, no en todas hay armas, crimen y delincuencia como muestra la televisión. Aquí también vive gente común como vos o como yo, que tiene sus propias batallas para salir adelante.

sao joao en sao luis

Durante el São João en diferentes puntos de la ciudad se organizan palcos y fiestas con ritmos y bailes típicos. Dura todo el mes de Junio, por eso también se las conoce como fiestas juninas. Esto es en el centro histórico de la ciudad donde la decoración y los colores no faltan durante todo el mes.


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