Lunes 5 de Marzo.

Miro el reloj. Son las siete de la mañana del lunes cinco de marzo. Levanto la vista y sobre la ruta un cartel marca el km 300, lo mismo que falta para llegar a Rosario y después otros 250 hasta Buenos Aires. Ya son seis días de ruta haciendo dedo desde que llegamos a La Quiaca, o sea, a Argentina. También pienso que la última ducha que tomé fue en la terminal de ómnibus de la Paz hace casi una semana. La ansiedad comienza a desbordarme. Ya lloré, grité y putié tantas veces que perdí la cuenta. ¿En que momento creí posible hacer 2000 km en tres días a dedo?

            Miércoles 28 de Febrero.

Pisé Argentina nuevamente después de casi dos años, o para ser más exactos, 695 días de estar viajando por mi amada Sudamérica. El viaje que me trajo hasta ese preciso instante donde los oficiales de migración sellan mi pasaporte con la entrada a mi país es otro cuento.

Mientras esperaba que Ale, mi compañero, haga el trámite migratorio caí en la cuenta de algo esencial: el lunes siguiente era cinco de marzo y el cumpleaños de mi amiga Coni. Si yo ya iba de sorpresa, si nadie sabía de mi regreso a casa, llegar ese mismísimo día mientras estaba soplando las velitas iba a ser una sorpresa sin precedentes. Instantáneamente me visualicé ahí.

En mi alocada excitación mental olvidé que viajar a dedo no es tomarse un pasaje express con hora de llegada, no es dormirte una siestita y despertarte en tu destino cuando éste está a casi 2000 km de distancia. Viajar a dedo es otra cosa, lo sé muy bien, por eso nunca habría imaginado que seis días después estaría desarmando mi carpa a las siete de la mañana en una estación de servicio en el medio de la provincia de Santa Fe.

Suena contradictorio decir que la incertidumbre de no saber si lo voy a lograr, de si voy a llegar, me desespera cuando es justamente la incertidumbre de no saber que pasará lo que me gusta de viajar a dedo. Esa sensación sentí cuando después de dos horas parados al costado de la ruta nadie nos levantaba. Se acercaba la noche y con ella la inevitable interrogante: ¿Dónde vamos a dormir?.

En mis planes mentales tampoco imaginé que la tercera mañana en ruta aún me encontraría varada en el mismo lugar, habiendo abarcado cero kilómetros de los 2000 que nos esperaban. Siempre supuse que hacer dedo en la Argentina iba a ser sencillo, contaba en mi prontuario con experiencias pasadas donde fue rápido y fácil. Que nos levanten en La Quiaca tenía que ser un trámite, una cuestión de minutos y resultó en dos noches heladas y en una indiferencia total de todos nuestros posibles conductores.  Y peor, no sólo a nosotros sino a cada uno de los mochileros que iban llegando a situarse a la ruta para volver a casa.

 

Viajar a dedo - argentina

Cartel visto por las calles de Uruguay hace dos años, al principio del viaje.

            Lunes 5 de marzo.

Vuelvo a mirar el reloj, ya son las ocho. La estación de servicio donde estoy no es de una empresa conocida, no es muy llamativa ni concurrida. Cada tanto para un auto a cargar agua para el mate y Celeste, la chica de cabello rubio detrás del mostrador,  los atiende con una sonrisa. Con ese mismo humor, anoche, mientras cargaba mi celular, se acercó y me preguntó qué quería comer. Yo la miré sin entender demasiado y volvió a repetir la misma pregunta agregando qué ella me invitaba. No pude decir mucho más que el sanguche de milanesa ya estaba servido en mi mesa. Antes de ese momento no habíamos hablado, quizá sí cruzado alguna mirada, pero ella no tenía forma de saber que los 400 pesos que teníamos desde el miércoles se habían convertido en 100 y era lo último que quedaba.

Mientras recuerdo todo esto un camión frena, el conductor baja y entra a comprar. Espero y pienso que le voy a decir. El muchacho sale, conversa unos minutos con el playero y se dirige al vehículo. Lo sigo y le pregunto lo que siempre le pregunto a los camioneros en una estación de servicio:  a dónde va y si nos puede llevar. La negativa me devuelve a mi estado de ansiedad, pero me calmo: todavía quedan 16 horas para llegar, el día recién empieza.

– Flaca, ¿a dónde vas? – escucho que el playero me dice mientras paso a su lado.

– A Rosario – le contesto. Decirle Buenos Aires me parece pedir demasiado y con avanzar hasta allí me conformo.

– Bueno quedate acá que sino no te va a levantar nadie. Quedate aca y yo te hago viajar.

 

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¡Bienvenida a Argentina! La ruta 40 une La Quiaca, en la frontera con Bolivia, con Ushuaia, siendo la más larga del país.

            Viernes 2 de Marzo.

El viernes a la madrugada, con el frío norteño apunandonos los pensamientos desarmamos nuestra carpa y charlamos con las chicas que pasaron toda la noche despiertas a la espera de un camión. Un camionero había estacionado cerca de medianoche a dormir y aguardaban que despierte para abordarlo con la mágica pregunta. Mientras tanto, Juan, otro de los chicos que tenía como misión ir por la ruta 40 hasta El Calafate, calienta agua en su garrafa de gas. Son las seis de la mañana, en la ruta no hay más que silencio, no queda otra que esperar.

Alrededor de las nueve de la mañana el señor se despierta y baja del camión. Después de unos minutos, una de las chicas se le acerca con el mate. Vuelve triunfante: ella y su hermana, que acababan de volver de Bolivia, tenían el viaje asegurado hasta Buenos Aires y llevarían a Fran, la chilena que viajaba sola. Finalmente alguien iba a poder irse de La Quiaca después de tanta espera.

Yo seguía tomando mate y esperando que pase alguien y que nos adelante por lo menos algunos kilómetros y así cambiar la energía.  De reojo veo que nuestro amigo colombiano que habíamos conocido mientras hacíamos los trámites migratorios estaba hablando con el camionero. No sé qué tienen ni cómo lo hacen, pero los colombianos manejan a la perfección el arte de hablar, de vender y convencer. Diez minutos después nos estaba haciendo una entusiasta seña de manos para que vayamos todos al camión.

De cómo hizo para convencerlo y que ocho personas viajáramos en el tráiler del camión habrá que preguntarle al parcero. El camionero, Jorge, se hacía más el serio de lo que realmente era y cargaría arándanos congelados en San Miguel de Tucumán. Dejó a Alejo, el colombiano, y su compañera en Pumamarca, nosotros bajamos en Metán a 150 km al sur de Salta, Juan en Tucumán y las chicas siguieron hasta Buenos Aires.

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El camino de casi 2000 kilómetros que nos separaban de Buenos Aires.

            Lunes 5 de Marzo.

Gustavo, el playero, nos presta un termo con agua caliente para que tomemos unos mates mientras esperamos que algo pase. No tengo mucha fe, creo en sus buenas intenciones de ayudarnos, pero sé por experiencia que no me puedo confiar en la palabra del otro y pienso que si para las diez de la mañana no pasó nada cruzo a la ruta a seguir haciendo dedo a los vehículos que pasan.

Al rato veo que un señor baja de un camión que estaba estacionado desde que desperté y entra a la tienda. Celeste, que limpiaba el piso de la entrada, comenta que cree que va para Rosario, que esperemos que termine de desayunar para preguntarle.  A los 20 minutos Gustavo se acerca y nos dice lo que tanto quería escuchar: “el señor va para Mar del Plata y los va a llevar hasta dónde ustedes le digan.”

Miro el reloj. Son las diez de la mañana del día lunes cinco de marzo y finalmente después de seis días de incertidumbre sé que voy a llegar a Buenos Aires.

             Sábado 3 de Marzo.

Dormitamos en la estación de servicio de Metán y por primera vez en tres días me sentí en Argentina: la gente, cómo esta vestida, cómo habla, cómo actúa. Siento un nudo en el estomago, me agarra ansiedad, me largo a llorar.

La mañana del cuarto día un camionero nos levanta y nos deja en el empalme con la ruta 34. Según todos era le mejor vía para llegar directo a Buenos Aires. El calor se siente, pero ni media hora después ya estábamos arriba de un auto, con dos hombres jóvenes que llevaban dos perritos Bull terrier para vender.

Entre charlas descubrimos que eran jujeños, militares e iban hasta La Plata. Las diferencias en nuestras formas de vida se notaron al instante: a ellos les costaba mucho visualizar nuestro estilo de vida y a nosotros, la suya. Pero los 300 kilómetros compartidos fueron muy amenos aún en las desemejanzas.

Dicen por ahí que la siesta santiagueña es sagrada y esa tarde lo comprobé. Hacer dedo a las tres de la tarde en medio de una ruta desolada de la provincia de Santiago del Estero bajo ul sol inclemente es algo que no le deseo a nadie. Ni un árbol, ni un refugio, ni agua fría: fue el infierno.

Cada hora que pasaba perdía un poco más las esperanzas de que alguien nos fuera a levantar. Intentaba no perder la calma, pero estaba sucia, cansada y el calor no me dejaba pensar con claridad. Ale ya estaba preocupado y yo no quería ni pensar en la probabilidad de que nadie frene y tengamos que pasar ahí la noche.

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Cuando las sonrisas, bailes y monerías no fucionan, ¡improvisamos un cartel!

           Lunes 5 de Marzo.

Me despido de Gustavo y Celeste, contenta y agradecida, sobre todo agradecida. Nos subimos al camión de José y le contamos nuestra historia, nuestro viaje. Con mate en mano el nos cuenta de su vida. Intercambiamos números de teléfono y la posibilidad de hacer algún otro viaje juntos. Nos desea buena suerte y nos bajamos en la ruta, en la entrada a la ciudad de Baradero. Ya estamos en la provincia de Buenos Aires.

Son las cuatro de la tarde y tenemos un plan. Queremos ir al centro de la ciudad y buscar en Western Union una plata que nos enviaron desde Chile hace más de una semana, tomarnos un bus hasta Zárate para finalmente subirnos al 194 hasta Capital Federal. Empezamos a caminar, pasa un auto y le hago señas para que frene. Le pregunto que tan lejos queda la ciudad y nos dice que subamos. Durante los escasos 15 minutos que compartimos Daniel nos menciona que el vive en Zárate y que a las seis de la tarde va para allá. Le digo gracias pero nos vamos a tomar un bus lo antes posible, no veo la hora de llegar a la casa de coni.

Nos bajamos del auto y caminamos hasta el Wester Union. Me quedo esperando con las mochilas mientras Ale entra a hacer el trámite, a los cinco minutos sale. El horario de atención al cliente era hasta las tres de la tarde.

Me desespero. Son las cuatro y media de la tarde, tengo 90 pesos en el bolsillo y  todavía 150 km para llegar a mi destino final.

Volver a la ruta a hacer dedo no nos convence mucho porque nos tenemos que parar en el medio de la autopista, pero es la única opción que nos queda. Si tenemos suerte nos cruzamos a Daniel y nos lleva hasta Zárate. Mi cabeza va a mil y sigo caminando como loca para salir del pueblo. Estoy muy cansada, frenamos a descansar y ahí mismo hacemos dedo. Escribimos un cartel que dice A LA RUTA 9 para que se entienda que necesitamos ir ahí nomás.

Quince metros más adelante frena un auto y baja una mujer. Viene a nuestro encuentro y nos ayuda a llevar las cosas. Al volante está una amiga y se nota que la primera le insistió a esta para que nos lleve. Con excitación les contamos todo lo que habíamos vividos en los últimos días: que veníamos viajando a dedo desde Colombia, que hace 6 días intentábamos llegar a Buenos Aires, que casi no teníamos plata, que absolutamente nadie sabía que estábamos en Argentina y que necesitaba llegar hoy para sorprender a mi amiga.

La mujer nos alentó, nos dijo que nos iban a llevar sí o sí y al bajarnos nos regala su  tarjeta SUBE, utilizada para el transporte público, cargada con 100 pesos. Me bajo del auto renovada de energía y adrenalina: son las seis de la tarde y hoy sí o sí llego a Capital.

historias de cómo viajar a dedo

Si viaje en un trailer del camión, cómo voy a decir que no a la caja de una camioneta!

            Sábado 3 de Marzo.

Le seguía levantando el pulgar y regalando una sonrisa a todo vehículo que veía avanzar. La mayoría me hacía señas que iban ahí nomás, otros que iban llenos.  Por tercera vez en cuatro días pasó el mismo camionero boliviano haciendo señas con el dedo de que llevaba solamente a una persona.

De pronto, pasa un hombre mirándonos y manteniendo sus brazos extendidos en lo alto como símbolo de estupefacción. Frenó. Corro y al abrir la puerta del acompañante exclama:

– ¿Qué carajo hacen acá!?? ¡Les van a robaaar todo!

– No seee, no aguanto más el calor, por favor sacame de acá – le digo desesperada.

– ¿Para a dónde van?

– A cualquier pueblo que esté más adelante, me da igual, hasta dónde puedas llevarme, pero por favor sacame de acá.

–  ¿Para a dónde vas? – me dice esta vez autoritario.

– A Buenos Aires.

– Dale, dale, suban que vamos.

Le hice señas a Ale, corrí a buscar mi mochila y subimos. Estaba atardeciendo y nunca me sentí tan feliz de dejar un lugar. Nos subimos al camión y un hombre de pelo rubio hasta los hombros, con su panza de cervecero al aire y su diente de plata nos dice: el primero que se duerme lo bajo.  Con un humor ácido y directo, Marcelo es de esos personajes díficil de olvidar.

Siete horas después y siendo las dos de la mañana nos dejó en una Shell en Arrufo, provincia de Santa Fe. Hablamos con el vigilante, armamos nuestra carpa y nos vamos a dormir.

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Cuando no hay nada ni nadie en la ruta … y hacen 40 grados a la sombra.

           Domingo 4 de Marzo.

Nueve de la mañana del domingo. No era un buen día para hacer dedo, hay menos circulación de vehículos, pero nosotros no teníamos otra cosa que hacer que eso: avanzar, llegar. Había pocos árboles con sombras y la espera se hacía cada vez más larga. Alrededor del mediodía nos levantó el que iba a ser, sin saberlo en ese momento, el único auto que nos lleve en el día. Ever era un chico de nuestra edad que trabaja en los tambos 100 kilómetros más adelante. Durante el camino nos contó como era su trabajo y todo el proceso de ordeñe, almacenamiento y distribución de la leche vacuna.

Nos despedimos en una estación de servicio afuera de Suchales y seguimos haciendo dedo, sin éxito, el resto del día. Al caer el sol, entramos a la estación y preguntamos dónde podíamos armar nuestra carpa. Un muchacho alto que estaba hablando con una chica rubia nos indica con total simpatía. Decepcionados, enojados, cansados y con hambre, Ale se mete a la carpa y se duerme. Yo me voy adentro a cargar el celular.

           Lunes 5 de Marzo

Son las siete de la tarde del lunes y estoy parada en medio de la Panamericana haciendo dedo otra vez. Mientras recuerdo lo díficil que fue esa vez en la autopista que une Sao Paulo y Rio de Janeiro,  Ale hace un cartel que dice “a Zárate” bien grande. Deseo que Daniel en su Falcón pase y nos vea, y sigo levantando mi pulgar derecho y junto las palmas de mi mano en forma de súplica a todo vehículo que pasa.

Miro hacia atrás y veo que a 50 metros frenó un camión. Le empezamos a hacer señas para ver si fue por nosotros. No hay respuesta y sigue ahí. Corro con todas mis fuerzas hasta llegar a el. Me subo, abro la puerta, me saluda y me dice que nos puede llevar hasta Campana. Bingo.

Una vez arriba con “El Sultán tucumano” (así lo llamaban, imagínense las historias que nos contó) me empiezo a tranquilizar, Campana está a 80 km de Capital y desde ahí ya puedo tomarme un colectivo.  Nuestro conductor nos comenta que es la primera vez que levanta a alguien haciendo dedo. Me asombro, esto no puede ser casualidad.

A las ocho de la noche nos bajamos en Campana, preguntamos en la YPF dónde tomarnos un bondi hasta Capital, constatamos que la SUBE que nos regaló la mujer tenía ¡90 pesos! y nos subimos al 194. A las diez de la noche del lunes cinco de marzo le golpeo la puerta a mi amiga y lo demás es historia. Llegué. Volví.

Me gusta pensar que sucedió todo de la única manera que podía suceder: el día que me imaginé llegando a la casa de coni fue precisamente así. ¿Creen en la sincronicidad?. Cada historia, cada angustia, cada espera eran inevitables para llegar exactamente en el momento correcto.

mochilear - hacer dedo

Mates, charlas, música, lecturas, todo vale para no quedarse dormida y disfrutar del viaje.

 


2 comentarios

Ticket De ida · julio 16, 2018 a las 9:53 am

Hermosa experiencia y muy iindo blog!.. Felicitaciones maca!

    macatorrente · julio 16, 2018 a las 1:50 pm

    Hola chicos! Que bueno verlos por acá. Me alegro que les haya gustado! Besos

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