Llegamos, entonces, a Apartadó. Caminamos de aquí para allá y empezamos a hablar con los camioneros. Nos sentamos, esperamos. Volvimos a caminar para el otro lado del final de la ruta. Nos sentamos, esperamos. En el trajín nos encontramos con una señora, que muy curiosa nos preguntó de dónde eramos, qué hacíamos tan lejos de casa y viajando así. No, que ella no podría, qué la comodidad del hogar, qué la familia. Y cómo que no teníamos plata. Tomen chicos, acá tienen unos pesos colombianos y suerte en el camino.

Gracias señora, gracias de nuevo. Con esa plata nos compraríamos bolsas de agua fría para calmar el calorón de un mediodía en Colombia.

Mientras el dedo no salía, porque todos los camiones o iban cargados hasta los dientes de plátanos, de maderas o simplemente no nos querían levantar, nos pusimos a trabajar en el semáforo, que cargaba con bastantes autos y motos. Fer por un lado, y Sabri y yo por otro. A decir verdad, no intentamos mas de 4 o 5 pasadas en el semáforo, pero no salía y yo, por lo menos, tenia poca paciencia. Empezaba de nuevo a caer la noche y la desesperación me empezaba a consumir: ¿de nuevo vamos a pasar la noche en el medio de la nada, muriéndonos de frió y hambre? Empezábamos a evaluar la posibilidad de armar la carpa en algún lado, pero no sabíamos donde. Estábamos en un pueblo, no tan pequeño, y por lo que nos decían no era muy conveniente tirar la carpa en cualquier lado al lado de la ruta. Los colectivos que nos podían alcanzar hasta Turbo costaban alrededor de 12 mil pesos entre los tres, y eso significaba gastar los últimos pesos colombianos que nos quedaban y llegar a otra ciudad, con mala fama en el medio de la noche y sin plata. Nuestras opciones no eran muy alentadoras.

Como ya habían pasado varias horas, los chicos volvieron a caminar nuevamente hacia el paradero de camiones para hablar con ellos y ver si habían llegado nuevos. Yo me quede sentada con todas las mochilas al costado de la vereda y mientras estaba muy absorta en mis pensamientos, observando a la gente, de repente me rodean unas 6 chicas adolescentes. Viéndome sola y con todos los bolsos alrededor, se habían acercado porque pensaron que me habían echado de la casa. Cuando abrí la boca y les empece a contar que nadie me había echado de ningún lado, que solo estaba viajando, explotaron la lluvia de preguntas. Maravilladas con mi acento y mi manera de hablar, asombradas con la blancura del color de mi piel, y totalmente desentendidas de la manera en que estaba viajando. Esas chicas parecía que nunca habían hablado ni visto a una persona de otro país por lo cual desbordaban curiosidad con cada cosa que preguntaban. Casi se pelean entre ellas cuando al preguntarme como era mi moneda, les mostré un billete de dos pesos que tenía dando vuelta en la billetera y todas se lo querían quedar.

Estuvimos un rato charlando, nos sacamos fotos y me pidieron mi número de teléfono y facebook, y todavía hoy me siguen escribiendo preguntando en que parte del mundo estoy y como estoy. Unas divinas, que, además, me regalaron comida y unas pulseritas, una de ellas aún hoy llevo puesta.

Un rato después llegaron los chicos, sin éxitos con los camiones, algunos iban para Medellín u otros recíen salían por la mañana siguiente. Las chicas seguían más confusas cuando escucharon a hablar a Fer (es cordobés) y se preguntaban por qué él no sonaba como nosotras. Que no pongamos la carpa en cualquier lado y que podían preguntar en el gimnasio de la escuela de su barrio si nos podíamos quedar allí fueron sus consejos. Y se despidieron.

Historias de viajando a dedo por Colombia

Las chicas de Apartadó. Por todo mi viaje por Perú, Ecuador y Colombia, tuve que asimilar como normal que la gente se quiera sacar fotos conmigo solo por ser extranjera.

Nos sentamos nuevamente, como tantas veces, al costado de la vereda mientras pensábamos y debatíamos que podíamos hacer. O gastar lo último de plata que teníamos y tomar un colectivo a Turbo o intentar poner la carpa por algún lado y seguir intentando con el autostop al día siguiente. En ese entonces, un señor unos metros más adelante nos pregunta : ¿chicos a dónde van? Nos acercamos y le decimos que queremos llegar a Turbo y nos dice que va para allá, él va para Tolú, que nos lleva.

–  ¿Pero por qué Turbo?  Es bien maluco y no les recomiendo ir para allá, esta lleno de malandras y delicuentes.

– Quedamos en encontrarnos con nuestros amigos ahí. ¿Tolú? ¿Y eso dónde queda?

– Voy para la costa, a tres horas de Cartagena. Bueno, ¿suben o qué? Vamos que el viaje es largo y quiero llegar de madrugada, tengo que cargar de maderos el camión ahí.

Nos miramos entres los tres y no podíamos creer lo que estábamos escuchando, el tipo iba a tres horas de Cartagena, nuestro destino final. No íbamos a desaprovechar esa oportunidad, a los chicos los podríamos encontrar más adelante en la ruta y avisarles donde estábamos una vez encontrado internet. Agarramos nuestras mochilas y las metimos en el acoplado del camión, los chicos fueron ahí adentro y yo me subí adelante con el señor. Por fin, camino a Cartagena, más cerca que nunca.

Como ya dije, las distancias en Colombia son tramposas y más lentas aún si vas en un camión. Si bien hasta Tulú no teníamos mas de 350 kilómetros, fueron casi 8 horas viaje. Y casi todas las pase hablando con el conductor. Entre cigarillos y música colombiana me contó de su familia, de sus hijos, de su esposa y sus amantes, de su finca y sus camiones, de su hermosa Colombia. De las veces que llevo mochileros, de los franceses que viajaban en bicicleta y los hospedó en su finca por unos días. Y que yo era una monita, y no paraba de llamarme así, porque era blanquita y rubiecita.  Yo en partes cabeceaba y hablaba dormida: era tarde y tenía todo el cansancio de la noche anterior que la pase durmiendo con los cachetes pegados en una mesa.

En el camino veía como pasamos los carteles de señalización y dejábamos atrás conocidas ciudades costeras como Necloclí, Arboletes, Montería. La ruta era silenciosa, no circulaban muchos autos, la noche estaba estrellada y aún en la penumbra se podían ver a los lados arboles de gran inmensidad. Recuerdo que viajamos más de 40 minutos por un camino de tierra y pedregoso, e íbamos pegando saltos para todos lados y  yo pensaba como la estarían pasando los chicos atrás, en el acoplado. Después me contarían que la única manera de soportar el viaje era durmiéndose a la fuerza para no sentir los golpes de ir rebotando hacia todos lados. Y lo comprobé, que estaban super dormidos, alrededor de la 1 de la mañana cuando nuestro conductor (me encantaría poder acordarme su nombre, pero se me borró totalmente) tenía hambre, –como yo, por supuesto, que era escaso lo que había comido en todo el día, – y paro en busca de algo de comida. Bajamos, y fui atrás a avisarles a los chicos, les grité y los llamé y no hubo respuesta. Conductor y yo, entonces, fuimos hasta un puestito de comidas en la calle, lo único abierto a esa hora de la madrugada, y me compro una hamburguesa, tan grande su tamaño que ni siquiera me entraba en la boca, nada que envidiarle a la quíntuple de Burger King.

Llegamos alrededor de las 4.30 de la mañana, donde había una fila de camiones todos esperando a recoger la mercadería. Estábamos un poco en el medio de la nada, por que el pueblo propiamente dicho, quedaba como unos 20 kilómetros más adelante. Nuestro conductor tenía que esperar a la mañana hasta que el camión fuera cargado, así que nos dijo que el sabía un lugar donde podíamos dormir todos. Los seguimos por un camino de tierra, doblamos y entramos a una entrada donde nos encontraríamos con una pequeña posada de alquiler temporario. Y un poco más allá, el mar. Con toda su inmensidad, su serenidad y su soledad. Volver al mar, a la playa, después de un mes y medio de andar entres ciudades, metros y buses, gente apretujadas y bullicio, fue un placer.

Viajando a dedo por Colombia. Playa de Tulu

Kilómetros de tranquilidad. Playa de Tolú,la cual nunca hubiera conocido sino hubiera viajado a dedo.

Y ahí no más, ya amaneciendo, tiramos en la arena el cubre techo de la carpa y ahí dormimos los tres. Me despertaron, a las primeras horas de la mañana, los ruidos lejanos de la poca gente que había en la posada de al lado. Cuando me levanté, nuestro conductor ya se había ido y no había podido despedirme. Y no hay nada mejor, que levantarse y tirarse al mar. Y nadar, nadar y nadar, y el tiempo pasa y a vos no te atrapa, porque nada te apura.

Era tanta la tranquilidad que nos daba ese lugar, que nos quedamos dos días. Teníamos toda una playa para nosotros solos y no necesitábamos nada más. Los chicos caminaron hasta una tienda donde pudieron comprar algunas frutas y arroz para poder comer y cocinar algo. Nos pasamos todo el día y la mañana siguiente, a la sombra, tejiendo pulseras, hablando y escuchando música. Al calor lo matábamos con un chapuzón cada tanto en un mar templado, caribeño. De tanto en tanto le usábamos el baño a la posada de al lado, sin que se den cuenta, porque no nos lo prestaban. Y a la noche, armamos un fueguito y cocinamos algo y comimos todos de la misma olla, sentados en la arena mirando y escuchando el ruido del mar. Y una vez más: la vida es tan simple como mágica.

Cuando ya no teníamos más comida – ni plata – decidimos volver a la ruta. Con suerte alguien nos alcanzaría hasta el pueblo. Caminamos solo un rato que ya una camioneta había frenado. Era un chica, que nos levantaba porque sabía lo que era ser mochilero y hacer dedo: años atrás había viajado por Egipto e Israel. Le decimos que íbamos hasta el pueblo de Tolú, y entonces, sucede de nuevo, la magia del camino: ella iba hasta Cartagena. Así fue que, esa misma noche, después de tres horas en un viaje muy cómodo y entre charlas e historias, estábamos en la puerta de nuestro hostel, al frente de la playa y por fin, en el caribe.

El objetivo que me había propuesto cuando decidí seguir viaje – una vez más, como tantas veces que alargue el viaje repentinamente, – en Ecuador, de llegar hasta el Caribe, lo estaba cumpliendo.

Playa de Tolu,Colombia. Viajando a dedo por Colombia

La posada de al lado, nuestras cosas y el mar.

Viajando a dedo por Colombia. Playa de Tolu

Lugares inesperados que encontras por el camino. Playa de Tolu.


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