Después de pasar mas de 20 días en Medellín sabíamos que teníamos que emprender camino para llegar a la costa colombiana.  Yo tenía que encontrarme con mi mamá a fines de abril en Cartagena y tenía unas dos semanas y media para llegar. Cuando uno viaja de mochila, haciendo dedo, y sin rumbo muy definido no sabe muy bien que puede pasar por el camino, que, en definitiva, es lo más interesante, y por eso llegar a destino puede tomar su tiempo.

Y aunque llegamos mas rápido de lo esperado a Cartagena, porque la suerte y el universo nos sorprendió con mucha buena energía cuando ya empezaba a perserguirnos la desesperación, en el camino nos quedamos 6 días en uno de esos pequeños pueblos que no dan para mas de dos días,  y que, al principio del viaje, en una de esas típicas conversaciones con algún viajero luego de contarme que había estado 2 semanas en Maimará (reemplace con el lugar más remoto y perdido que se le ocurra, no por ello feo, sino con pocas opciones de trabajo y conocer), me quedaba con la boca abierta diciendo QUE MIERDA HICISTE DOS SEMANAS AHÍ. Bueno, uno no sabe muy bien como se queda atado a ciertos lugares o porque cuesta tanto arrancar, pero que sucede, sucede.

Así fue que al salir de Medellín, después de dormir en la terminal y tomarnos el colectivo más barato al lugar que nos deje fuera de la ciudad para empezar a hacer dedo, terminamos en un pueblo llamado San Jerónimo. Pasamos un par de horas intentando que alguien nos levante, caminando un rato y descansando otro tanto, porque el calor era agobiante y estábamos en una ruta que no sabíamos muy bien si nos separaban 10 kilómetros o 30 del siguiente pueblo porque nadie había sido muy preciso. Eramos 6 pibes caminando en fila india cada uno en sus pensamientos y con sus pesadas mochilas ( y carpas y guitarras,bombos y trompetas) hasta que yo me quede atrás, putiandole al mundo que no podía caminar con 20 kilos encima quien sabe por cuanto más.  Y fue ahí, justo cuando uno de los chicos me venia a buscar, vemos que está avanzando hacia nosotros una de esas moto- carrito-taxi, le hacemos dedo y señas con toda la energía del mundo, casi suplicando, hasta que frena, le contamos que queremos llegar hasta el siguiente pueblo y nos dice: ” pero eso esta muy lejos para ir caminando … Bueno dale yo los alcanzó”.  Entramos como pudimos los dos en ese compartimiento 2×2 y 20 minutos más tarde llegábamos a Santa Fe de Antioquia. Al resto de los chicos los encontraríamos horas después, mientras acostada a la sombra en la plaza principal, de repente escucho una melodía conocida y le digo a Fer “esa es la trompeta del Adri, llegaron!! “

Santa Fe de Antioquia, es un pueblo del departamento Antioquia con alrededor de 20 mil habitantes y 15 mil motos. Si, claro que estoy dando un numero inventado. Pero si Colombia de por si ya es un país en el que ves motos hasta el hartazgo, pareciera que en Santa Fe no hay una sola persona que no tenga una moto.  Al principio nos vimos apabullados porque hacer semáforo con muchas motos por lo general no es muy rentable, pero después nos dimos cuenta que ahí había que tener motos, no autos.  Motos.

Uno de los motivos que quizá lo explica es la forma del lugar: colinas y subidas, calles angostas en concordancia al estilo colonial del pueblo. Es un lugar muy cálido y escapada de preferencia para los paisas de Medellín por su cercanía y su clima tropical. En la plaza principal encontras distintos puestitos de feria vendiendo lo típico de la zona: panela, chocolates, cocadas, arepas con queso, mamoncillos, etc.

Fueron días de tranquilidad, descompostura, mucho calor y situaciones nuevas y raras.

Una de las primeras noches, un señor que conocimos en el semáforo nos invito a su finca, donde podíamos poner la carpa, tener un lugar para cocinar y bañarnos. El hombre parecía ameno, medio hippie avejentado, con los pelos y la barba larga y blanca, distendido. Nos pareció buena idea, ya que la noche anterior habíamos armado las carpas en un descampado al lado de algo que parecía ser un arroyito, con bosta de caballos por todos lados y una lluvia que nos sorprendió justo cuando se estaba prendiendo el fuego improvisado para cocinar algo.

Llegamos con nuestras cosas y el panorama parecía bastante agradable. El lugar estaba bien, suficiente espacio para armar nuestras carpas, y cualquier ducha y baño antes que no tener nada siempre es mejor.  El hombre vivía con otro señor y ambos, parecía, eran muy religiosos, porque además de tener unos posters de Jesús y varios rosarios, por la mañana nos atormentó con la radio religiosa.

Resultaron ser unos chantas. Una noche duramos en ese lugar y salimos espantados. El hombre pretendía que vayamos a trabajar y le llevemos la plata a él. Les pidió a los chicos que le ayuden a palear un poco de tierra y después ya quería que le trabajen todo el lugar. A las mujeres nos hacía comentarios desubicados y sumamente incómodos. Coincidimos todos que había una onda muy rara en el lugar y a la tarde siguiente nos fuimos.

Deambulando un poco por la plaza principal, resolviendo donde podíamos armar la carpa para esa noche y regateando un poco de comida en el mercado principal, nos dieron el dato que podíamos acampar como a 15 cuadras donde había unos terrenos libres. Llegamos y era puro bosque, ramas y yuyos por todos lados, y el terreno totalmente desnivelado, lo que dificultaba bastante poner 3 carpas ahí. Pero unos metros más alejado, había un barrio humilde y una canchita de cemento iluminada con suficiente espacio a los costados para hacer parada ahí. Después de preguntarle a la presidenta barrial para que nos de su visto bueno sobre ello, nos vimos rodeados de niños y niñas curiosos por saber quienes eramos, que hacíamos ahí, porque hablábamos tan raro y que eran todos esos juguetes que teníamos. Los días que siguieron fuimos un poco parte de la vida de esos chicos, enseñándoles a hacer malabares, jugando al fútbol, y ellos indicándonos donde podíamos conseguir una canilla para llenar agua o para mojarnos un poco y a donde ir para recoger frutos de los arboles. Pasamos un día entero a puro mango y mamoncillos, estos últimos se parecen a un limón chiquito pero tienen el gusto de algún tipo de caramelo.

Nos quedamos varios días porque además de estar cómodos se nos ocurrió hacer un show a la gorra en la plaza principal el fin de semana por la tarde y así hacer unos pesos. Armamos algo, estuvimos ensayando y nos mandamos. Si ya había superado cualquier tipo de vergüenza trabajando en el semáforo, con esto la termine de enterrar. Estuvo bueno hacer y animarse a algo diferente, uno va ampliando sus límites.

Si bien pase muchos de los días descompuesta, porque algo que comí me cayo mal y quizá por el exceso de calor, metida adentro de la carpa y sin mucha energía, recuerdo a Santa fe de Antioquia con mucho cariño. La gente del barrio fue más que hospitalaria con nosotros, prestando una ducha o un baño cuando ya iban varios días sin un baño real, o una cocina para poder cocinar, un lavarropas para lavar, o invitando una simple gaseosa, “la colombiana”, para que acompañes tu pan con tomate.

Y la amabilidad y generosidad desinteresada se extiende a mis dos meses y medio en Colombia, lo que me hizo descubrir que cuando no se tiene mucho – economicamente, materialmente- se empieza a recibir con los brazos bien abiertos y con mucho agradecimiento esas pequeñas cosas que cambian tu día.

Plaza Principal de Santa Fe de Antioquia, Colombia

Plaza principal de Santa Fe de Antioquia.

Carpas al lado de un barrio en Santa Fe de Antioquia,Colombia

Nuestro lugar. Las carpas al costado de la cancha del barrio.

Niños en Santa fe de Antioquia, Colombia

Una de las nenas del barrio adentro de nuestra carpa, que se pego a mi y su familia me abrio las puertas de su casa.

 


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